29 de enero de 2015

Indignación



En fechas de navidad es habitual ver a la familia, pero también a amigos que (ahora) sueles ver poco, porque a ciertas edades todo el mundo tiene su vida. Y como ya sabréis por lo que escribo aquí, a mi me gusta quedar con los amigos para ir a tomarte alguna cañita y si se anima la cosa jugar a juegos de mesa. El problema viene aquí: ¿donde jugamos? Muchos de nosotros no tenemos vivienda propia (a causa de la situación económica actual), así que nos toca buscarnos algún lugar que nos permitan jugar tranquilamente. Lo irónico del asunto es que España es el país con más bares por habitante (hay bares en casi todas las calles de la ciudad, yo vivo cerca de un barrio residencial que tiene una docena de establecimientos situados en una plaza central y la mitad son bares) y que las opciones sean muy escasas. O no solo eso, que nos pase como hace unos días que después de tomarnos unos pinchos y unas jarritas de cerveza, que nos vea jugar uno de los camareros y al rato nos digan que necesitan esa mesa... cuando alguna de las de alrededor están vacías... Esta situación me indigna y mucho.


Me indigna que tengamos que "mendigar" a ver si "se enrollan" y nos dejan jugar en el bar, como los juegos fueran algo malo, prohibido. Que tengamos que jugar a escondidas.

Me indigna que nos eche porque consideran que molestamos (u otra razón que no alcanzo a entender) mientras que a nuestro alrededor hay familias van con sus hijos totalmente asilvestrados, que dan gritos como posesos o corretean tirando sillas, mientras su padres cuente a voces de la ultima anécdota que les ha pasado.

Me indigna que (como nos pasó una vez) un grupo de veinteañeras se sienten en la mesa de al lado y se pongan a jugar a juegos de cartas para beber (como la famosa pirámide) y nos miren raro y se rían porque no estamos jugando a un juego para emborracharnos...

Me indigna que, incluso a los bares a los que nos dejan jugar, a ciertas horas y ciertos días es físicamente imposibles, porque pone futbol a todo volumen mientras la gente se engorila y chilla, grita, insulta, se exalta, y a veces hace el cafre por su equipo... y alguno hasta nos mira como si los bichos raros fuéramos nosotros. En esos casos es casi imposible hablar y mucho menos jugar.


Aunque ya me he acostumbrado, pero me fastidia, tener que explicar a compañeros de clase o curro, incluso algunos amigos, que yo juego a juegos de mesa y que esos juegos no son el parchís y la oca, que no son juegos para niños. A veces hasta con algún chiste o mofa, porque en sus cabezas no entienden que un tío de mi edad no se vaya con los colegas a emborracharse y/o ver el ultimo Madrid-Barça, que es lo socialmente aceptado y no hacer esas cosas raras que no han visto hacer a nadie más que a mí.

Me indigna que haya cosas que sean lo habitual y lo normal para mi edad y sexo, y si me salgo de ellas se me mire raro, con risitas e incluso se me trate como un apestado. No entienden que los juegos de mesa entretienen, te sociabilizan, te enseñan cosas nuevas, promueven la iniciativa y la imaginación, te ayudan a usar el cerebro... justo todo lo contrario que ver la telebasura que tanta y tanta gente ve en este país y que socialmente está mejor aceptado... eso sí que no me cabe a mí en la cabeza.


 
Y solo he hablado de juegos de mesa... los juegos de rol es un tema a aparte...

6 comentarios:

  1. Mira que te llevo siguiendo un tiempo y nunca me había animado a comentar....hasta hoy.

    Esto es una historia de mi prehistoria con los juegos de rol, hará unos 20 años o asi. Este es un dato interesante porque antes no era tan frecuente encontrarse con ciudadanos extranjeros en la ciudad (Valladolid para más señas). Nosotros empezamos a jugar en bar regentado por un ciudadano del este, creo que ruso. Nunca nos puso ningún problema y eso que nos tirábamos las tardes enteras con una cocaola (tardes enteras hasta las nueve, claro, que había toque de queda en casa jajajajaja). Años más tarde me enteré de que ese local había sido cerrado por negocios turbios del dueño, o eso al menos era lo que se rumoreaba.

    Una simbiosis perfecta: nosotros éramos su tapadera y al mismo tiempo teníamos un lugar donde jugar tranquilamente.

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  2. ¿Indignación?

    No veo por qué. A mi me da pena.

    Pena por una pobre gente condenada a propagar su religión por los bares. Que no tienen bastante con gritar en su casa y quieren hacerlo también en ligares públicos. Que tratan de convertir a todos los agnósticos que encuentra a su causa. Que adoran a tíos que van corriendo en calzoncillos por una pradera acotada.

    Eso sin hablar de la gente que aprende como ser más productivos para su sociedad, y que adoran programas de televisión en los que les enseñan a ser prostitutas y proxenetas. Y a gritar. Mucho. Porque el que más grita tiene razón.

    A mi me da pena. Los veo con pena. Me da lástima.

    En fin... yo seguiré jugando a juegos de mesa, batallitas con miniaturas y juegos de rol.

    Y dejaré a todos esos penosos que sigan gritando, opinen sobre con quién debe follar la fulana de turno o si el chulo de turno se drogaba o no cuando le pillaron y aplaudan como focas en celo a los tíos que corren en calzoncilllos por la pradera. Mientras sus asilvestrados retoños retozan por debajo de todas las mesas menos la mía.

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    Respuestas
    1. Pues mira, tienes razón, la mayor parte del tiempo me dan lástima (por todo lo que tu bien has descrito). Pero hay momentos que te tocan los cojones tanto que te acaban cabreando y acabas escribiendo entradas como esta...

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  3. Mucho ánimo, sólo podemos deciros eso...

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